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La Isla Oeste

El Ejercicio del Arte

La comunidad artística es una donde la tolerancia y apertura a los cambios se encuentra presente.

Por Baruch Vergara

El arte es considerado un tema aparte e inútil. Preguntas como ¿para qué sirve éste? ¿En qué ayuda o beneficia a una comunidad con tantas necesidades? De hecho, este asunto no es nuevo, pues el mismo Platón por eso lo criticaba en su obra La República.

Esto se debe en gran parte a que el quehacer artístico se sintetiza en lo estético o bello. Sin embargo, y curiosamente, cuántas veces no hemos escuchado decir: el arte del fútbol, el arte de la gimnasia, el arte de cocinar, el arte de hacer negocios o el arte taurino, etc. Y es que, en la mayoría de los casos, todos se refieren a una habilidad o capacidad del ejecutante. Ajustados al prototipo de carácter extraordinario en cada disciplina, damos solamente crédito a esto, lo cual es tan sólo uno de los aspectos del arte y no el único.

Tomemos por ejemplo el caso del deporte, ¿para qué sirve? ¿En qué ayuda a una sociedad? En este caso, somos más conscientes de su beneficio pues nos han inculcado todo lo que conlleva hacer ejercicio: mejor salud, una disciplina que fomenta el esfuerzo, confianza, temple, perseverancia, y entre lo bueno o malo también se desarrolla el orgullo y competitividad, valores que podríamos decir son buenos hábitos de conducta que benefician indirectamente a una sociedad. Y aunque muchos de los practicantes aspiran a ser estrellas exitosas y millonarias en el plano profesional, muy pocos lo logran, pero preferimos que la gente haga ejercicio a que sea floja y ociosa. Bueno, pues que tal si ahora invertimos una de estas frases y en lugar de: “El arte del fútbol” o “el arte de cualquier ejercicio” por el de “El ejercicio del arte”.

El ejercicio del arte es uno de reflexión, de búsqueda de alternativas y, generalmente, uno muy difícil de entender por una sociedad poco abierta que acostumbra a reprobar los cambios. Lo que las prácticas artísticas intentan crear son nuevos modos de ver el mundo y la realidad. El público o espectador no toma en cuenta que en el proceso de cada ejercicio artístico, verdaderamente creativo, hubo un conflicto a resolver entre la forma y contenido. Esto quiere decir que la realidad e imaginación se confrontan hasta conseguir un diálogo conciliatorio con la materia.

Este proceso, que es mental, se puede comparar con el ejercicio de las matemáticas pues se trata de convencer al cerebro que una acumulación de signos en una pizarra puede tener sentido. El matemático traza y dibuja su lógica mental y no somos nadie para cuestionarlo. Es más, nos asombra ese genio que aparece envuelto en su conflicto demencial y que parece estar resolviendo algo importante e inédito. Cuando vemos esas fórmulas, la mayoría de nosotros no las entendemos pero las respetamos porque las matemáticas son serias – diría el Principito- y aparte son una Ciencia. Esto quiere decir que si un joven estudia matemáticas estará haciendo algo importante porque además es inteligente.

Sin embargo, aunque un matemático no invente o descubra nada y se dedique a enseñar matemáticas toda su vida será un hombre respetado por su brillante cerebro. Pero, ¿de qué sirvió esto? ¿Nos podríamos preguntar?, si hoy en día las calculadoras y aparatos nos resuelven cualquier problema aritmético. Bueno, pues no sólo sirve para inventar o descubrir cosas, ¿verdad? Las matemáticas se enseñan no sólo para apoyar a genios sino que le sirven a la gente común para agilizar su mente y poder resolver de manera más práctica, lógica y eficaz las situaciones que se le presenten. Pues ocurre lo mismo con los artistas y las obras de arte. Los procesos que se necesitan para resolver una obra artística apuntan a entender las imágenes que convergen en nuestra mente y entorno. Esto es algo que ayuda a que la gente no se bloquee, a que se reinvente y pueda cambiar paradigmas en su vida no con palabras o fórmulas sino con hechos. Por eso los artistas necesitan ver las cosas y hacerlas no tan sólo mencionarlas sin concretar como cualquier político demagogo. Por eso necesitamos artistas.

El arte y las actividades artísticas no deben verse tan sólo como entretenimiento, admiración o expresión pues su hacer comprende múltiples aspectos. El ejercicio de hacer arte es uno que se debe promover y estimular. Una comunidad con artistas será y se hará más pacífica e integrada, o sea menos violenta. Cuanto más agradable se convierta el espacio habitado mejor calidad de vida brindará a su gente y visitantes.

La comunidad artística es una donde la tolerancia y apertura a los cambios se encuentra presente, esto habla de un pensamiento crítico y reformador qué estimula la voluntad de encontrar soluciones a problemas y no conformarse con lo que la corriente opina.

Tenemos como ejemplo al barrio de Xanenetla en Puebla, México, el cual era uno muy peligroso y gracias a la iniciativa de unos artistas que involucraron a su barrio a colaborar en varios murales colectivos, el barrio ahora es custodiado, admirado y protegido por sus mismos inquilinos. Gracias al arte equilibramos y fortalecemos la dignidad humana, dándole motivos para procurar armonía y satisfacción en su entorno. Otro ejemplo es el de Santurce y sus intervenciones murales que han generado tal entusiasmo que le ha dado una gran identidad local y prestigio internacional.

La raíz de todo está en que los seres humanos tenemos necesidad de pertenencia y admiración por parte de nuestra comunidad y semejantes. Cuando un ser se siente querido, admirado y respetado se convierte en un ser satisfecho y procurará mantener esa valoración reconocida en él. El arte no conlleva solamente habilidad del artista sino de un público interesado en entender los modos que éste percibe de las múltiples realidades de su entorno y reconocer la posibilidad de propuestas alternativas que digan sí al porvenir.


Baruch Vergara es un artista plástico originario de Puebla, México. Se desempeña sobre todo en el campo del grabado y la pintura vinculando su carácter formal con la reflexión de la Historia del Arte y el mundo contemporáneo. Es profesor de Grabado y Estética en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Mayagüez.

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