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La Isla Oeste

Reverdecer

La autora es Directora de la Oficina de Prensa del Recinto Universitario de Mayagüez.

Por Dra. Mariam Ludim Rosa Vélez

Sabal bermudana es su nombre científico pero para mí es una maravilla de la naturaleza que disfruto apreciar por su elegancia.

Se trata de mi palma, tal vez de unos 12 años. Adquirí dos desde plántulas cuando todavía el Recinto Universitario de Mayagüez albergaba el vivero de árboles del Departamento de Recursos Naturales. Ambas las sembramos en la entrada de nuestra casita de veraneo cerca del río.  

Luego de un tiempo, quise trasplantar una de ellas al patio de mi residencia. ¡Me encanta admirarla! A mi juicio tiene un garbo muy especial. Me fascina ese porte erguido con sus ramas que se asemejan a un pelo suelto libre e irreverente.

Así que pienso en mi palma como una fémina alta y poderosa que vigila desde lo alto.  Por eso la retraté justo antes de los intensos vientos al tiempo que le daba mis vibras positivas para que sobreviviera.

En el transcurso del huracán, mientras la luz del día lo permitió, estuve mirándola desde la puerta y la ventana. A medida que azotaba el inclemente vendaval, de más 100 millas por hora, sus ramas se desprendían y sucumbían ante la fuerza natural.

Y así transcurrieron las muchas horas de la batalla cuerpo a cuerpo. Ella (Sabal), se negaba a doblegarse, y ella (María), la castigaba con despiadada cólera.  

Tras las mil horas que duró la furia -porque sé que así lo sentimos muchos- allí estaba su estilizado tronco erguido e incólume.

Sus ramas, las que comparo con una abundante cabellera femenina, ya no estaban. Su calvicie, temporera, no le quitó su gallardía de guerrera combatiente. De hecho, de acuerdo al portal Palmeras y Jardines, “los Sabales, de tronco robusto y de hojas costapalmadas, son muy interesantes además de por su indudable belleza, por su rusticidad, su adaptación a todo tipo de suelos, su tolerancia al frío, la sequía y los vientos”.

Así que mi Sabal fue sobreviviente de los vientos huracanados con la promesa de reverdecer.

Nuestras almas, ahora abatidas, reverdecerán. Nuestros árboles y cultivos reverdecerán. Nuestro día a día reverdecerá. La comunidad reverdecerá. Puerto Rico reverdecerá.

Si hoy estás leyendo esta columna es porque disfrutas del gran don la vida que, lamentablemente 43 personas (al cierre de este escrito), tal vez más, no tienen como consecuencia directa del huracán. Así que, con tus pérdidas, que sé que son importantes, y que nadie se atreva minimizarlas, todavía sigues en pie, como el tronco indemne de mi palma.

Puede que te hayas quedado sin casa, sin muebles, sin vehículo, sin accesos, sin cosechas y que estés extenuado por los nuevos retos que presenta nuestro diferente diario vivir. Sin embargo, sigues respirando como la esperanza de reverdecer.

Tal vez ahora no seas igual que antes pero tu esencia de guerrero sigue en ti. Se llama resiliencia, la mostró mi palma al decidir no dejarse doblegar ante el sañoso ventarrón.  

Del mismo modo, tú tienes la capacidad en ti para no permitir que el más despiadado viento huracanado –se llame María o cualquier pérdida-  te quite tu voluntad de seguir hacia adelante.  Son tiempos en los que todos enfrentamos desafíos extraordinarios lo que significa -así lo creo y lo declaro- que nos aguarda un excepcional reverdecer.

La autora es Directora de la Oficina de Prensa del Recinto Universitario de Mayagüez.

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2 Comments on Reverdecer

  1. Mariely Burgess // October 17, 2017 at 2:51 pm // Reply

    Hermosa reflexión. Provoca gran inspiración.

  2. Gracias Mariely por tu comentaria. ¡Seguimos día a día reverdeciendo!

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