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La Isla Oeste

​¡Maslow necesito el WiFi!

Esta es la segunda de dos columnas dedicadas a Maslow en los tiempos de María.

Dra. Mariam Ludim Rosa Vélez

Les decía a mis compañeros de labores de Prensa RUM que puedo vivir sin nevera, pero no sin WiFi. Les confieso que me miraron raro porque ellos coincidían que preferían la nevera. Al menos mi sobrino Víctor Yazel, que es millenial, me acompaña en mi sentimiento. Dice que se habituó a tomarse los jugos en temperatura ambiente, pero al igual que yo, no se acostumbra a estar desconectado.

Entonces, recordé una ilustración que había visto hace unos meses en Twitter titulada: La pirámide de Maslow en el mundo digital.

En el fundamento del triángulo antepone como prioritario al WiFi en lugar de las necesidades básicas fisiológicas.  Y es que, ya desde décadas, nuestra vida está digitalizada, hiperconectada y telecomunicada por el misterio invisible que representan esas energías silentes que viajan por los cielos.  Los ciberespacios se encargaron de replicar el don de la omnipresencia a través de los aparatos electrónicos.  ¡Vivimos archimegaextraconectados!

¡De golpe (y qué golpe) y porrazo (ventarrón) María nos arrebató la conexión! No tan solo eso, sino que experimentamos un momento crítico en el que necesitábamos estar conectados para comunicarle a familiares y amigos cómo estábamos; para buscar ayuda para las situaciones que se enfrentaron; para ver y entender la magnitud del evento o solamente para ventilar, escuchar una voz amiga o ver algún amado extrañado.  Esto sin contar, los que la necesitaban para sustentar el ingreso de su hogar.  Así que, a mi juicio, la situación era (y es) más profunda que navegar las redes sociales o páginas de videos, se trataba (y se trata) de una necesidad básica en un momento de emergencia: la capacidad de comunicarnos.

Las telecomunicaciones, en el caso de mi proveedor de servicio celular, murieron cuando sopló la primera ráfaga en la madrugada del martes, 19 de septiembre a miércoles, 20 de septiembre. Mi teléfono de pared también falleció y así pasamos los días. Escuchaba por la radio que las personas estaban llamando, por lo que sabía que algunos teléfonos residenciales de línea, en su mayoría de la ciudad de Mayagüez, sobrevivieron. Lo cierto es que no habíamos escuchado llamadas desde mi pueblo Aguada, así que no había mucha esperanza.  

El sábado, 23 de septiembre en la noche, estábamos en casa de un familiar cuando de repente una sobrina de mi esposo José Luis dice: “El teléfono de casa siempre ha tenido tono”.  Y yo le respondí: “¡¿Qué, qué?! Por favor, llévame a tu casa”. De esa forma transcurrieron las primeras emotivas llamadas a los familiares fuera de Puerto Rico que estaban preocupadísimos. Al siguiente día, domingo, 24 de septiembre, tuvimos noticias que, en la residencia de otro familair, en Rincón, ¡subía el WiFi cuando conectaban el generador!  En clara afrenta al toque de queda y con un escenario de horror de postes tirados en la carretera y otros que pendían de cables, nos fuimos en la ruta nocturnal en pos de la conectividad hasta ese campo rincoeño. No puedo ni comenzar a describirles la inmensa emoción cuando pude transitar por la supercarretera de la informática, tras días sin conexión. Una vez allí, ampliar las comunicaciones con otros seres queridos más allá de las costas.

Tras más de un mes de María, no tengo ninguna expectativa de que, a corto plazo, llegue la luz, mucho menos el WiFi en mi campito de Aguada, Puerto Rico. Así que, desde el catastrófico miércoles, 20 de septiembre de 2017 en adelante, he sido lo que yo llamo refugiada del WiFi.

En el Colegio, donde laboro, tampoco hubo telecomunicaciones esas primeras semanas. Afortunadamente, Marisela, y su espectacular sonrisa, me albergaron en su gomera, uno de los primeros lugares en la Sultana del Oeste que tuvo conectividad al internet. De esta manera, pude compartir las comunicaciones institucionales y estar ¡conectada!

En estos días, mi peregrinación del WiFi me ha llevado a diversos lugares, algunos insospechados. Tal vez soy el vivo ejemplo de que la conexión a la internet –y las posibilidades de enlazarnos con el mundo- ya son parte de las necesidades básicas de Maslow (especialmente si trabajas en comunicaciones).

De hecho, me parece casi providencial que recientemente entré a una tienda y vi una tacita que decía: “La fe es como el WiFi; invisible, pero te conecta con lo que necesitas”. Por supuesto, la adquirí de inmediato porque tengo una colección emergente de tazas emblemáticas a las estaciones de mi vida. Además, era y (es) el pleno reflejo de mi estado mental actual. ¡Tengo fe de que me sea dado nuevamente el don de la conectividad! Mientras tanto, seguiré pacientemente mis jornadas de búsquedas de WiFi como parte de mis necesidades básicas del día a día. Y como todo en la vida tiene un aspecto positivo, me dará más tiempo de estar conectada a la naturaleza y fijarme con más detalle en nuestro reverdecer.

La autora @MariamLudim es Directora de la Oficina de Prensa del Recinto Universitario de Mayagüez.

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