La Isla Oeste

REPORTAJE ESPECIAL II: Puerto Rico y las sequías

Tan reciente como esta mañana, el embalse de Guajataca reflejaba una disminución de 0.02 M. Actualmente se ubica en nivel de ajustes operacionales.

Por Abimael Castro Rivera / Para La Isla Oeste

A pesar de que no han sido de gran severidad o muy extensos, Puerto Rico ha atravesado algunos episodios de sequía a través de la historia.

Este fenómeno ocurre a diferentes escalas de tiempo, y son los meses de mayo a noviembre los que pudieran dar indicios de la primera categorización de sequía, ya que es en este periodo dónde se manifiesta la mayor cantidad de precipitación a nivel local.

El promedio en la actividad de lluvia anual, en pulgadas, oscila en los medios o altos 60 (64-69”). El este-interior (áreas circundantes a El Yunque), el centro y el oeste-interior son las zonas con mayor precipitación, con valores que fluctúan entre 90” y 170”.

La primera sequía en registro, durante el pasado siglo, data del año 1923. Le siguen eventos en los años 1930, 1947 y 1957, de los cuales se conoce muy poco. El Dr. José Colón, un estudioso de la climatología local, hace referencia a estas sequías y provee la precipitación anual para esos años. Estas son: 51.63”, 53.74”, 53.10” y 52.65” respectivamente.

Años más tarde, entre 1964 y 1967, ocurrió una de las sequías más significativas en la historia del país, siendo el este la zona más impactada. En ese periodo, se registraron dos de los promedios de precipitación más bajos de la isla, cuyos valores fueron 48.77” y 43.22”, respectivamente. Hubo una disminución en la precipitación de lluvia a un 30% del promedio anual, lo que significa que aproximadamente 20-25 pulgadas de lluvia no fueron recibidas durante ese tiempo, según los datos del Servicio Nacional de Meteorología.

Dentro de las medidas para el manejo del recurso, se implementó un plan de racionamiento para la Zona Metropolitana de San Juan debido al descenso en el nivel de la represa Carraízo. Fue aquí donde dio inicio el proyecto de lluvia artificial o “siembra de nubes” (aplicando yoduro de plata a la atmósfera para que este se adhiera al vapor de agua), que años más tarde resultó en un método poco viable y muy costoso. En el 1968 la isla se recuperaba, naturalmente, de este evento de sequía, momento en el cual se registró una precipitación promedio de casi 60” (59.88), aumentando casi 10 pulgadas por año, hasta el 1970 (84.75”).

Desde el 1971, los valores de precipitación anual iban -nuevamente- en un descenso gradual, hasta caer a 46.80” para el 1976. Este intervalo marca otro periodo de sequía, que data entre 1973 y 1976. El evento afectó principalmente la parte norte y este de la isla, y dio paso a cuestionar futuras localidades de embalses.

Veinte años más tarde, en el periodo del 1994 al 1997, otro episodio de sequía significativo afectó al país. La actividad pluvial en este intervalo tuvo mucha variación, pero unos valores totales muy bajos de 44.97” (en el 1994) y 48.70” (en el 1997) alteraron la captación o balance de agua en los embalses. Los efectos fueron significativos en la mitad norte de la isla, con un impacto extraordinario en las escorrentías de los embalses Carraízo, La Plata y Guajataca. Las pérdidas económicas oscilaron en $300 millones, de los cuales $165 millones fueron en el sector agrícola. Esto dio paso a tres medidas de mitigación: construcción del Súper Acueducto del Norte, dragado del embalse Carraízo y la autorización de hinca de pozos para uso domésticos e industrial, a través del país.

La última sequía significativa registrada en Puerto Rico tuvo momento entre el 2014 y el 2016. Este fue el primer evento regional analizado por United States Drought Monitor, tras su fundación en 1999. La agencia clasificó la sequía como una D3, extrema. En julio del 2015, 86.5% de la isla (representando 3, 503,230 habitantes) reportaba a anomalías negativas en precipitación, del cual: 63.8% (representando 2, 865,660 habitantes) reportaba una sequía moderada, 45% (representando 2, 373,762 habitantes) una clasificación de sequía severa y un 24.9% (representando 1, 594,012 habitantes) bajo una sequía extrema. Las zonas del este-interior y sureste del país fueron las más afectadas.

El periodo pico de la sequía fue entre abril y junio del 2015, donde se reflejó la disminución en la escorrentía de los ríos principales de la región este-central. El flujo de agua en estos meses fue menor al flujo mínimo promedio, de todos los datos recolectados en 55 años, del Río Grande de Loíza en Caguas, el cual es el principal tributario que abastece el embalse Carraízo. La zona Metropolitana de San Juan fue afectada en gran manera ya que se suple de este embalse, y debido a la disminución en los niveles de agua, la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) recurrió a racionar el agua a los residentes de esta área.

En un intento de inducir la lluvia en estas cuencas, la AAA contrató la compañía SOAR, para aumentar el flujo de los tributarios que alimentan los embalses de La Plata, Loíza y Cidra a un costo de $66,500 mensuales por 3 meses, según se reseñó en la prensa. El monto total para este proyecto fue de $362,717.54.

Para esto se realizaron inyecciones a las nubes con alto potencial de formación con cloruro de calcio y yoduro de plata. La empresa SOAR realizó un total de 40 vuelos entre el periodo del 15 de julio al 25 de octubre de 2015.

De acuerdo con los datos de lluvia y escorrentía de los pluviómetros e hidrómetros operados por el USGS, se encontró que los esfuerzos realizados resultaron en eventos de lluvia no significativos, y en aquellos casos en los cuales se pudo relacionar con las inyecciones, los resultados fueron mínimos. A raíz de este evento, el sector agrícola sufrió pérdidas ascendentes a $12, 125,558.91, siendo Caguas y Naranjito las regiones más afectadas, precisó en aquel entonces la secretaria de Agricultura, Myrna Comas.

Luego, el 2017 transcurrió con mucha precipitación, gran parte de ella dejada por ciclones tales como Irma y María. Estas, sin lugar a duda, abastecieron nuestras reservas de agua. Fue tanta la lluvia recibida que, el embalse de Guajataca recibió un exceso de su capacidad, y el gran volumen que contenía justo después del paso de María, provocó un fallo, específicamente un agrietado en parte de su estructura. Tuvo que movilizarse el personal de emergencias e ingenieros (locales y federales) para atender esta situación -un posible colapso de la represa-, que pudo haber desencadenado en una gran desgracia en un periodo crítico.

Como parte de los trabajos realizados, gran parte de sus abastecimientos tuvieron que desecharlos, hasta bajar a un nivel que les permitiera reparar los daños. Otros de los problemas es el gran volumen de sedimentos que trajeron consigo las grandes escorrentías. Estos limitan el almacenamiento potencial de agua, y el proceso para remover el sedimento -el dragado- no se consideró, como en el evento a finales de los años 90, en Carraízo. Es esta la semilla del déficit que hoy, 22 de febrero de 2019 observamos en la represa.

Además de esta variable antropogénica, ciertamente hemos tenido un déficit de lluvia en los pasados meses. Por ejemplo, solo en enero de este año, sectores del este-interior reportaron un déficit de lluvia de alrededor de 6 pulgadas.

Entretanto, en el mes de diciembre del 2018 tuvimos deficiencias similares a lo largo de la mitad norte del país; también gran parte de la isla tuvo deficiencias de al menos 1 pulgada.

Pese a estas deficiencias, el embalse Carraízo se encuentra hoy en un nivel de desborde; por lo tanto, no se ha visto afectado por el periodo seco por el cual atraviesa la isla.

Así podemos tener una idea del impacto que tuvo el fallo en la represa de Guajataca. Por otro lado, los acuíferos en la zona sur sí han reflejado una disminución significativa, y sepa que no hay pronóstico de lluvias intensas en los próximos días.

Lea la primera parte de este reportaje aquí: Sequía en Puerto Rico; paradoja rodeada de agua

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