La Isla Oeste

COMENTARIO: Ser viejo en Puerto Rico

Por Miguel A. Varela Pérez

El envejecimiento es un proceso ordinario en el ciclo de vida de cualquier organismo vivo, en este caso referente al ser humano. En la psicología del desarrollo se define vejez como aquel período, de hecho, el último período en el ciclo de vida de un ser humano. Algunos investigadores la ubican comenzando a los 65 años de edad y la extienden hasta la muerte. Por ejemplo, Papalia y sus compañeros  dividen la vejez en etapas; viejo joven  (65 – 74 años), viejo viejo ( 75 – 84 años) y viejo de edad avanzada (85 años en adelante).

A través de la historia, los viejos o ancianos han tenido un papel protagónico, con menor o mayor amplitud, en el desarrollo económico, cultural, educativo y político en las sociedades del mundo.  En muchas sociedades se les trata de acuerdo a su posición social, incluso, valoran su capacidad y experiencia y su aportación. En los últimos meses, situación que se ha incrementado después del Huracán María, ha salido a la luz pública, semana tras semana,  la difícil situación por la que están atravesando las personas de edad avanzada en Puerto Rico. El panorama para esta población puede complicarse si la analizamos a partir del complejo escenario económico, fiscal y social que enfrenta el país y la incapacidad u obstáculo que representa estas variables para satisfacer las necesidades básicas de nuestros ancianos.

Como cuestión de hecho, datos del Negociado del Censo del 2018 indican que en Puerto Rico habitan aproximadamente 600, 000 personas entre las edades de 65 años o más. Esa cifra irá en aumento en la próxima década, según proyecciones realizadas por expertos en el área, entre estos la demógrafa Dra. Judith Rodríguez. El panorama para los ancianos, lejos de mejorar, se deteriora, los servicios básicos que reciben para sostener su calidad de vida van en deterioro; pobreza extrema, ausencia de viviendas adaptadas, altos en los costos de los medicamentos, lugares adecuados para su atención médica, incluyendo su salud mental y emocional, aislamiento social, poca alimentación, explotación económica y social. A lo anterior se le suma la última moda por parte de algunas de las personas llamadas a cuidarle y a ofrecerle una mejor calidad de vida, el abandono. La prensa del país ha resaltado diferentes casos de ancianos que vivían totalmente solos, bajo condiciones desfavorables y de indigencia total, a la merced de las horas y la luz del sol, ancianos sin conocer el paradero de sus hijos y familiares, soledad total, no solo física, también social, espiritual y emocional. De igual manera la prensa resalta el aumento de casos, reportados por instituciones hospitalarias, de ancianos que han llegado a recibir ayuda médica, han sido hospitalizados y no aparece un responsable directo de ellos. Abandonados en los hospitales, sin nadie que asuma su jurisdicción.

Sabemos que en Puerto Rico existe legislación que castiga el maltrato de los ancianos. Inclusive hay legislación que obliga a los hijos a proveerle lo básico para que estos puedan exhibir una calidad de vida adecuada y de acuerdo a sus necesidades. Corresponde a que cualquier ciudadano,  testigo de este tipo de maltrato o conducta, que aparente ser maltrato, a denunciarlo ante las autoridades, de igual manera corresponde a los centros e instituciones que ofrecen servicios médicos u otro servicio a informar a las autoridades  de los casos atendidos en los que se observa abandono, negligencia y maltrato para que se procedan con las acciones que correspondan. Ya es hora de que las agencias pertinentes, en particular el Departamento de la Familia, asuma su responsabilidad, facilitando los servicios, ayudando a prevenir una catástrofe mayor. Tienen que ser más proactivos en levantar datos válidos, incluyendo un censo de ancianos en Puerto Rico y trabajar en forma directa con los casos de ancianos en deterioro, abandono, maltratados y abusados.

El ciudadano común es corresponsable de asumir un rol de mayor protagonismo e identificar a los que crean el problema y le complican la calidad de vida a nuestros ancianos. No es justo que aquellos que, en un momento fueron productivos y aportaron al desarrollo social, cultural y económico de nuestro país sean hoy ignorados y callados emocionalmente. Ellos merecen calidad de vida. En algún momento de nuestras vidas llegaremos a esa edad, al menos yo quiero ser un viejo cuidado y atendido con toda la dignidad. No quiero ser un viejo que sea considerado un estorbo, a la merced de la soledad y el abandono.

El autor es residente de Isabela y retirado del Departamento de Educación donde laboró como maestro, director, coordinador de Ciencias, superintendente auxiliar y de escuelas. Además fue profesor en la Universidad Interamericana de Aguadilla y la UPR- Aguadilla.

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