La Isla Oeste

Cuando la recuerdo a ella

Por Vionette Pietri, J.D. / Para La Isla Oeste

La recuerdo cuando era niña. Era muy bella. Con su cabello rubio corto, su rostro hermoso y un cuerpo espectacular. Detenía las miradas de todos. Demasiada inteligencia en una sola mujer. Mis amigas me decían que querían tener una madre como ella. Lo que no sabían era lo que ella vivía a puerta cerrada. La mujer que era golpeada y maltratada severamente una y otra vez, quien se maquillaba el rostro, se ponía unas gafas grandes al estilo Jackie Onassis y se convertía en la maestra más querida de todos.

Aprendí mucho de ella, pues fue capaz de sobrepasar una vida de maltrato, salir adelante,  criar sus seis hijos y hacer feliz a sus nietos. El dia de su muerte me di cuenta de que no estaba lista para vivir la vida sin ella. En el hospital cuando leí los labios de mi hermana menor diciendo “Se murió” no pude contenerme y comencé a gritar, a llorar y me tiré al piso descontrolada. El doctor me dijo me daría un calmante. Fue en ese momento en el que mi hermana Normita y su hijo Fernando José me llevaron a mi carro para calmarme – olvidando su propio dolor – que me di cuenta de algo muy trascendental.

Cuando me preguntaba en voz alta  por qué los hombres la hicieron sufrir tanto mi hermana Normita me dijo unas palabras inolvidables para mi: “Porque para eso estamos nosotros, para darle amor”. Ese día ambos me demostraron la grandeza del amor. Por eso, cuando alguien que aseguraba amarla ,se atreve a querer callar mi voz, que no cuente lo que viví, no darle valor a una fundación que ha ayudado a cientos de niñas y mujeres a salir adelante, no apoyar las columnas, obras de teatro, libros que escribo, y que impactan positivamente, no lo puedo creer. Debe ser porque no era su madre la ensangrentada, ni era ella la niña abusada sexualmente.

Nadie puede callar el corazón de una niña a la que su madre le enseñó a convertir el dolor en amor. Nadie puede callar la voz de una mujer que ama la justicia. Mucho menos cuando a una década de su muerte, no hay estudiante que no conozca y que no me hable de ella sin llorar y con palabras de agradecimiento. El dia que estabamos en la iglesia despidiendonos de ella, la catedral de su pueblo estaba llena. Ese día nadie quería irse de la iglesia. Nadie quería separarse de ella, ni sus estudiantes, ni su familia, ni sus amigos. Mi hermano y yo tuvimos que decir en varias ocasiones que la misa había terminado. ¿Cómo no continuar con su legado? 

Cuando la recuerdo a ella mi vida se ilumina. Es irremediable querer ver otras mujeres que sobrepasan lo que ella pudo, o simplemente propiciar que nunca lo vivan.

Cuando la recuerdo a ella escucho su risa sonora, sus palabras de aliento, su alegría de vivir. Viene a mi mente su célebre frase: “Las mujeres somos libres y soberanas, somos dueñas de nuestro destino”.

La autora es abogada, empresaria, conferencista internacional y Directora de la Fundación Baila Corazón. www.latinasempowerment.com

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