La Isla Oeste

El Sistema Educativo: una pesadilla que debe terminar

El autor fue superintendente de escuelas y profesor universitario.

Archivo/ One Red Media

Por Miguel A. Varela Pérez

Sin duda alguna, cualquier sistema de gobierno en el mundo, independientemente de su orientación ideológica o estructura política,  establece la creación de Departamentos, Secretarías, Ministerios o Divisiones dirigidas a atender servicios básicos de los ciudadanos. Uno de estos servicios, son por naturaleza, los relacionados al desarrollo social, y por ende, se incluye los servicios educativos. No es la excepción de Puerto Rico, desde su relación política con España y luego a partir del 1898 con los Estados Unidos, hasta que se promulgó la Constitución del Estado Libre Asociado en el 1952 y se crea el entonces Departamento de Instrucción Pública, que eventualmente en el año 1990, con la aprobación de la Ley 68 se cambia el nombre del Departamento de Instrucción Pública por Departamento de Educación.

Eventualmente dicha Ley fue eliminada y sustituida por la Ley 149, la que luego, a su vez queda en el pasado y sustituida en el 2018. De esa manera, y en forma “organizada” se habían atendido las necesidades educativas de los estudiantes y población puertorriqueña que hacia uso de los servicios educativos provistos por el estado. Luego de las elecciones generales en el año 2016, y de que el pueblo de Puerto Rico eligiera un nuevo Gobernador, se procedió por éste a conformar su nuevo gabinete constitucional. Una de los nombramientos más esperados era el de la persona que habría de ocupar la Secretaria del Departamento de Educación, lo anterior por constituir la de mayor administración de presupuesto, posiblemente la asignación de la mayor cantidad de presupuesto federal para asuntos administrativos, de funcionamiento y académicos y por los diferentes casos de corrupción que ya se habían registrado previamente en el interior y con allegados a figuras relacionadas al sistema educativo.

Algunos apostaban al nombramiento de algún funcionario local, incluyendo al actual Secretario, quien eventualmente fungió como el segundo en mando en la agencia. Para sorpresa de muchos fue nombrada una persona “externa” al sistema, aunque había actuado como consultora en la administración de programas financiados con partidas federales para esa agencia. Con un currículo aparentemente impresionante y unas metas ambiciosas entra a dirigir el Departamento de Educación. Muchos abrigaron esperanzas en esta “estrella fugaz”, desde académicos, políticos, organizaciones sindicales, administradores y empleados de carrera. La prensa y los comunicadores la abrazaron, era una buena comunicadora, lograba, como un imán, atraer hacia ella la opinión pública. Pocos imaginaban que detrás de aquella figura emblemática, presentada como lo máximo, se estaba planificando un tumbe sin precedentes para robarle a los niños puertorriqueños, para hacer de la agencia un templo de mercadeo y venta de influencias. Para consolidar en la agencia el sistema de trueque, a lo antiguo y bajo condiciones nunca existentes, en cuartos oscuros, con testigos silentes, que siguen en cierta forma presentes y en la toma de decisiones, con guías estructuradas y con un bautismo legal, para distraer la apariencia de conflicto. Muchos planes fueron desarrollados, en su gran mayoría inconclusos, programas desarticulados, movimientos de partidas presupuestarias para atender situaciones no prioritarias, debilitamiento de programas, contratos nebulosos, cierres y consolidación de escuelas y unidades en forma dudosa y cuestionable, pero defendida por súbditos de la embriaguez y la soberbia,  cierre de distritos escolares por caprichos y conveniencia, ajena a lo educativo y logro de la excelencia, eliminación de puestos para adelantar estrategias. Creación de oficinas regionales que actuarían como agencias locales para captar y administrar fondos federales, pero que hoy están inoperantes e improvisando tareas y funciones, peleándose entre si y discutiendo a quien le corresponde tal función.

En fin un sistema que hoy, con menos matrícula de estudiantes, menos personal regular y menos escuelas, pero con igual o más presupuesto ha caído en una especie de limbo o estática aparente. Claro, independientemente de los huracanes y terremotos que han sacudido la estructura administrativa de la agencia, todavía dentro de la misma quedan  cientos de empleados que siguen dando la milla extra para tratar de mantener a flote el barco, en muchas ocasiones bajo el anonimato y el silencio de su vocación de servicio.

La desgracia arropa nuevamente a la agencia con mayor presupuesto del pais, una de mayor importancia y responsabilidad social para las presentes y futuras generaciones. Hoy sale al descubierto los esquemas deliberados, planificados, organizados y orquestados para lograr un tumbe sin precede4ntes. De seguro, en lo que queda del año seguirán apareciendo más casos relacionados a la administración fatula del Departamento de Educación. Posiblemente saldrán a la luz pública nombres de figuras conocidas, que han sido parte de la organización y montaje del juego piramidal en educación. No obstante, el país sigue necesitando de un sistema que sirva con calidad y profundidad, que atienda y brinde servicios necesarios a los estudiantes puertorriqueños y que les prepare para un futuro cada día más exigente. Puerto Rico exige de un sistema dirigido a atender prioridades y no a explotar favores, un sistema diseñado para lograr excelencia y no uno dirigido a esconder intereses creados y figuras con planes maquiavélicos. Puerto Rico necesita de un sistema que provea esperanza, que sea cónsono a los tiempos, que respete los derechos de todos, que sea inclusivo, de un sistema no dirigido por clasistas y políticos con intereses mezquinos, administrado por funcionarios que no escondan dentro de su currículo la carencia de valores, funcionarios con capacidad y experiencia, nombrados bajo los estándares elevados de servicio y vocación. Funcionarios nombrados no por la cantidad de taquillas o endosos logrados, no por los pasquines colocados o participación en actividades proselitistas, funcionarios que le devuelvan la confianza y credibilidad a un sistema que lo han tratado de estrangular, pero no han podido. De eso se trata, de actuar con prontitud, fuera de promesas fatulas. Atrás deben quedar las estrellas fugases con mucho currículo, pero poco compromiso.

El autor fue superintendente de escuelas y profesor universitario.

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