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In memoriam nuestros peludos

No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Pablo Neruda

Por Mariam Ludim Rosa Vélez y Azyadeth Vélez Candelario

Sus miradas son un despliegue de ternura inmensa. Son fuente inagotable de lealtad. Sus abrazos son únicos. Les encanta compartir besitos. Sobre todas las cosas, el cariño que brindan es inmenso. Además, tienen una capacidad muy única de perdonar y olvidar.

Son esos peluditos caninos que llegan a nosotros para regalarnos muchas alegrías. Ya sea con un efusivo recibimiento, darnos su patita o hasta por alguna travesura cubierta por sus ojos desentendidos. Y así, entre sus rabitos felices, ladridos, juegos, exigencias de caricias, negación a bañarse y su gran incondicionalidad, transcurre al lado de su familia humana su corta vida. Sí, porque aunque mueran viejitos, en años de perritos, nunca es suficiente cuando reciprocamos con amor toda la ternura y lealtad que nos obsequian.

Se integran a nuestro núcleo familiar. Sufrimos, si ellos sufren ya sea por alguna enfermedad o accidente. Nos abatimos si desaparecen. Y se nos parte el corazón en mil pedazos cuando fallecen.

Yade y yo andamos con el corazón más que estrujado por el deceso de nuestros perritos Gordon Armando Rosa Soto (siempre mis mascotas llevan mi apellido primero) y Coco Tigger Martínez Vélez.

Perdimos a nuestros peluditos como un daño colateral de los entuertos de María, cada uno en circunstancias distintas, en mi caso a días del vendaval y en el de ella, dos semanas después.

Ya las investigaciones han confirmado que las etapas de duelo de perder a una mascota se equiparan a las de cualquier otra pérdida importante en nuestras vidas que van desde la negación hasta la aceptación. Agregan que se experimentará un periodo de duelo agudo, durante los primeros meses del fallecimiento. ¡Nosotras estamos en esa etapa! ¡El dolor es inmenso! Y como parte de nuestro proceso de sanación, según lo recomiendan los expertos, compartimos con ustedes estas letras para honrar la memoria de nuestros amados de cuatro patitas. Yade les contará lo que le sucedió a Coco y yo sobre Gordon.

Gordon vivió 13 años de alegrías y aventuras. Ya en este último tiempo de su vejez la pasó tranquilamente descansado a ratos y en otros interactuando y jugando, a su ritmo, con Patricia (Patty) Fernanda (perrita que apareció en casa, luego que sus dueños la botaran) y Rabito Pluto (perro del vecino que decidió vivir en casa). Siempre estuvo activo dentro de su edad.

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Gordon, de raza English Springer Spaniel, y a quien tenía desde sus dos meses, falleció a consecuencia de un accidente secuela de los destrozos del huracán María. En nuestra casa tuvimos varios derrumbes. Uno de ellos arrancó parte de la verja y desprendió terreno en uno de los laterales de la residencia.  En otras palabras, desapareció un buen pedazo de patio y el entorno cambió.

El sábado, 23 de septiembre estuvimos un rato afuera de la casa y cuando llegamos el perro no aparecía. Ya estaba cercana la puesta del sol. En las tinieblas y con todo nuestro entorno en derrumbes y fango, lo buscamos por los alrededores y no lo encontramos. No dormí en toda la noche de la tristeza. Al alba de los primeros rayos del sol del domingo, 24 de septiembre reinició la búsqueda. Mi esposo José Luis, tuvo contacto visual con él, abajo del precipicio del derrumbe ya que emitió un ladrido débil. Así que, como estaba, sin botas, sin nada en sus manos se fue derrumbe abajo para rescatar al perro. La teoría es que, al alterarse la topografía, él se desorientó y se accidentó.

El rescate fue de película. Amarrado con una soga que proveyeron los vecinos, mi esposo José Luis subió a Gordon, quien se veía muy maltrecho y lleno de lodo. La pregunta es, ¿quién consigue un veterinario en medio de una crisis nacional y domingo?  Al siguiente día fuimos a un agrocentro ya que todavía no estaba disponible el veterinario. Fue así que le dimos los algunos paliativos. Finalmente, el miércoles, 27 de septiembre abrió la oficina de la veterinaria y luego de auscultarlo, nos alertó del cuadro desconsolador del perrito.

Tras 13 años con nosotros, Gordon Armando descansó ese día, no sin antes sacar fuerzas desde lo profundo de su lealtad para sentarse y despedirse de mí.

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La muerte de Coco, nuestra primera mascota, ha sido sorpresivamente devastadora para nosotros cuatro en nuestro hogar. Tanto, que hasta mi hijo Tito me dijo hace unos días que hubiese preferido perder la casa antes de que a nuestro amado “Pitocho”, uno de los tantos apodos que le teníamos a nuestro “bebé” de 84 libras. Yo estuve de acuerdo con él, porque la vida de ese hermoso ser, el cazador más vigoroso del mundo y que era el quinto miembro de nuestra familia, era más importante que cualquier cosa material que poseamos.

El “chico”, como todo buen sato puertorriqueño era una mezcla de Boxer y Pitbull de característica piel atigrada, cuya energía, lealtad y amor incondicional superan por mucho a las que cualquier ser humano pudiera demostrar. Nunca vi bailes más apasionados que los increíbles movimientos que hacía cuando nos veía arribar a la casa, especialmente, cuando veía a mi esposo Ernest, quien indiscutiblemente, era la luz de su vida, lo que los convertía, más que en amo y mascota, en compañeros inseparables. De hecho, con su muerte, fue la primera vez en 21 años que vi llorar desconsolado a mi esposo, lo que prueba el indestructible lazo de amor que los unía.

Lamentablemente, Coco, el de los ojos más bellos del planeta y todas sus galaxias, fue una de las víctimas de la terrible leptospirosis y murió exactamente dos miércoles después de María. Aún no sabemos cómo la contrajo, porque la mayor parte del tiempo estaba dentro de la casa y hasta, teniendo dos casitas afuera, dormía adentro con nosotros. El domingo anterior habíamos jugado con él como nunca, a tirarle sus juguetes y a que saliera corriendo con su envidiable vitalidad por ellos, sin querer devolvérnoslos como un bebé travieso y como hacía siempre, sin presagiar lo que, en esa ocasión, nos tenía deparado el destino.

El martes ya era otro. Cuando ya yo estaba llave a mano para ir a buscar a Ernest a su trabajo, ya él estaba llegando a casa porque algo le decía que su querido Coco no estaba bien. Entre tanto caos en las calles en esos días, pudo conseguir al veterinario que siempre lo atendía y quien le dio la terrible noticia de su padecimiento y que lo mejor era ponerlo a dormir para que no sufriera, cosa que provocó el llanto inmediato de Tito, quien lo había acompañado. Lo mismo pasó con Fanny, mi hija -quien lo consideraba su bebé y su modelo porque se pasaba tomándole fotos- y conmigo, quienes al verlo llegar con suero en una de sus patitas y tan desmejorado, no pudimos evitar llorarlo.

Tempranito en la mañana del miércoles, tal y como nos había indicado el doctor, estuvimos los cinco en su oficina y yo creo que de tanta pena que le dimos a la veterinaria de turno, esta nos dijo que nos daría todos los sueros y los medicamentos para que nos los lleváramos para nuestro hogar hasta el viernes y si llegaba hasta ese día, todo estaría mejor.

Lamentablemente, el “Pucurrio de mamá” se nos fue esa misma tarde. Con él se fueron los años de alegría, travesuras, protección y descubrimientos, propios de una madre de un hijo perruno primeriza. Aunque ya yo me he enfrentado a la muerte, con la pérdida de mi amado hermano Junito, Dios, por alguna misteriosa razón, quiso que nuestros hijos aprendieran -y que su papa y yo recordáramos- lo valioso que es la vida y, sobre todo, la familia.

Ahora volvimos a ser cuatro, en vez de cinco y tenemos que aprender a vivir con eso, porque tal y como expresara mi Tito, el huracán no se llevó nuestra casa, pero se llevó una parte de nuestros corazones…

¡Descansa en paz, “Propin de mi alma”, qué falta tan grande nos haces!

Ay, ay, ay María, tus secuelas nos arrebataron a nuestros perritos pero jamás te llevarás sus gratos recuerdos, ni esas últimas miradas de ternura que están grabadas en nuestros corazones. Formamos, a través del tiempo, un vínculo emocional con esas criaturas cuya fidelidad sobrepasa cualquier entendimiento humano. Por esa razón, siempre estarán presentes en nuestros pensamientos.

Sabemos que, al igual que nosotras, muchos de ustedes también experimentaron la pérdida de una mascota durante esta emergencia de país. Reciban nuestro abrazo solidario y no tengan temor de expresar sus sentimientos, son importantes, y eso les ayudará a recuperarse.

Las autoras Mariam Ludim y Yadeth son directora y directora asociada, respectivamente, de la Oficina de Prensa del RUM.

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laislaoeste@gmail.com

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