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Prisioneros de esperanza

Noemí Cardona Tomassini / Líder comunitaria de Aguadilla

Los hechos recientemente ocurridos en Puerto Rico ponen de manifiesto nuevamente la necesidad de que como país hagamos un alto para crear conciencia personal, familiar y colectiva sobre cómo enfrentamos y manejamos las situaciones conflictivas de la vida cotidiana.   El paso de los huracanes Irma y María expusieron ante los ojos del mundo nuestra frágil infraestructura eléctrica, vial y de viviendas.  Sin embargo, también sacó a relucir que tenemos una capacidad de resiliencia extraordinaria.  Los terremotos en el sur de la isla igualmente, producen un impulso incontenible para desplegar ayuda y levantar los recursos de provisiones necesarias para alimentar y cobijar a los que se encuentran desprotegidos de techo y comida.

Todas estas situaciones me hacen reflexionar. Y reflexiono sobre las motivaciones que nos estimulan a reaccionar de manera tan proactiva en esas circunstancias. Por otro lado, cuando se trata de crisis más abstractas como la violencia, adicciones, trata humana, corrupción, salud mental somos tan pasivos…  

Años atrás tuve la oportunidad de fungir como Asesora en la Oficina de Iniciativas Comunitarias y de Base de Fe en la Fortaleza. Recuerdo que en varias ocasiones plantee la necesidad de levantar centros de acopio en lugares estratégicos del archipiélago de Puerto Rico.  También, hice planteamientos sobre los posibles efectos futuros en la desigualdad de género que se ya proyectaba debido a los cambios poblacionales.

La entonces Demógrafa de Puerto Rico señalaba a través de artículos de prensa que nos enfrentábamos a deficiencias entre el género masculino en relación con feminas en edad de casarse.  Igualmente, las universidades estaban graduando dos veces más mujeres que varones en muchas carreras y campos tradicionalmente ocupados por hombres. De alguna forma pensaba que esta situación traería repercusiones sociales y económicas a largo plazo.

En aquel momento, cité a la oficina a la Demógrafa para preguntarle sobre las posibles consecuencias y qué podíamos hacer para revertir esos posibles efectos.  Discutimos sobre el tema y la conclusión general fue que cualquier curso de acción que se tomara en ese momento, el efecto lo íbamos a percibir cuarenta años después.  Por supuesto, como ocurre generalmente lo urgente se impone sobre lo importante y mis recomendaciones cayeron en oídos sordos.  

Traigo estos eventos a la atención porque pienso que como pueblo hemos perdido muchas oportunidades para cambiar el derrotero de nuestras circunstancias.   Generalmente, deseamos transferir a otros la responsabilidad de las crisis o adversidades que enfrentamos. Cuando en gran medida todos tenemos responsabilidad directa o indirecta de las circunstancias que nos rodean.

No es hasta que nos imponen una Junta de Supervisión fiscal que nos damos cuenta que no tenemos un modelo de desarrollo económico.

No es hasta que nos azota un huracán categoría cinco hasta que nos damos cuenta que vivimos en el Caribe que es una zona de alto riesgo.  

No es hasta que la tierra tiembla que recordamos que somos una pequeña isla rodeados de fallas geológicas.  

No es hasta que nos aguantan los fondos federales de recuperación que nos damos cuenta no tenemos una economía autosustentable. No es hasta que matan a Alexa, Andrea y Keishla que nos damos cuenta que no tenemos un sistema de seguridad y protección a la vida digno.  

Cuando estas cosas ocurren todos salimos a cuestionar al gobierno o a buscar soluciones inmediatas y a veces hasta mágicas, salimos a protestar, a criticar y a buscar responsables o culpables de nuestra desgracia como pueblo. No digo que todas las anteriores sean malas acciones sólo me pregunto cuan efectivas y duraderas sean. Hay momentos en la vida que requieren que hagamos silencio para reflexionar, buscar recursos en nuestro interior, en vez del dedo acusador, asumir la responsabilidad del cambio y la transformación que viene de adentro hacia afuera. Tenemos que dejar de justificar lo injustificable y tomar acciones proactivas que no respondan a la frustración sino a la esperanza.

En lo personal tengo una historia de crisis y violencia intrafamiliar que contar. Lloro la pérdida de un ser amado, que no murió a causa de una bala, sino que se auto destruyó por la falta de justicia. No responsabilizo al sistema por eso, porque cada uno de nosotros tenemos la capacidad de escoger la ruta que hemos de seguir cuando la vida nos presenta encrucijadas difíciles. Al pueblo de Puerto Rico le planteo una pregunta ante las adversidades que enfrentamos, ¿Cuál será la ruta? 

Seguiremos la ruta de la auto compasión, la frustración e inmovilismo o nos levantaremos de las cenizas con espíritu de lucha, de amor y de esperanza. Yo no quiero ser prisionera del crimen, la violencia, la corrupción, ni de políticos con canto de sirenas. Si voy a ser prisionera quiero serlo de la esperanza. De la esperanza que se manifiesta en mi trabajo social y comunitario, en mi celo por darle un servicio de calidad a los ciudadanos fuera de líneas político partidistas, en esforzarme con honrar mis compromisos de palabra cuando nadie me ve, con corregir al que comete errores y enfrentar las consecuencias del desamor de aquellos que se apartan de mi porque no respetan mis valores.  

¡Si voy a ser prisionera, seré prisionera de la esperanza! Sí, la que produce creer que la vida es más que un cuerpo y una mente. Seré prisionera de la esperanza que produce conocer que también soy espíritu, que cree que en Cristo hay libertad y plenitud de gozo aún en medio de las tormentas.

Al pueblo de Puerto Rico lo invito a que salgamos de los barrotes que aprisionan nuestro espíritu noble y nuestra conciencia limpia. Volvamos con sencillez y humildad a reconocer que le hemos dado la espalda a los valores y a la fe que son lo que verdaderamente nos hacen libres. Volvamos a los principios éticos y morales, reconozcamos que somos imperfectos y que necesitamos de la ayuda de Dios y de nuestros hermanos para transformar nuestro futuro.

Si empezamos ahora nuestros hijos, nuestros nietos disfrutarán los beneficios antes de los próximos cuarenta años.

laislaoeste@gmail.com

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